lunes, 29 de noviembre de 2010

"A MÍ NADIE ME DOMINA" [artículo Revista Ritmo 1969]



NO TE SIENTAS TAN ORGULLOSA DE IMPONER SIEMPRE TU VOLUNTAD: HAY "DOMINACIONES NECESARIAS" PARA SER FELIZ.

María Isabel está orgullosa de su personalidad: “A mí, nadie me deja callada”, dice. Y no es mentira. Sabe ser irónica, hiriente a veces, pero nunca deja de decir la última palabra.
Tiene puntos de vista muy definidos y los defiende aunque ello signifique molestar a más de alguien. Enfrenta hechos y personas con absoluta tranquilidad, segura de su triunfo. Siempre tiene en sus labios la frase que su interlocutor no podrá responder. Esa que, definitivamente, se impone.
Y tan orgullosa está de su fuerte personalidad que nunca trata de disimularla a fin de parecer amable o tierna: “Las cosas por su nombre y… ¡no hay más!”, parece ser su lema. Según su costumbre, si el Papa se equivoca, al Papa lo contradice… y no en una forma diplomática precisamente…

¿ESTÁ MAL?

Algo es definitivo: no es malo ser sincera y, si alguien es sincero en este mundo, esa persona es María Isabel. Entonces: ¿es malo defender los puntos de vista? En ningún caso. Quien no lo hace es un hipócrita o un cobarde.
Bueno, y ¿qué está mal en la actitud de María Isabel? La forma en que discute. Sí, porque María Isabel jamás conversa: siempre discute. Si se trata de buscar un argumento, encuentra siempre el más convincente, que es, al mismo tiempo, el más cruel.
- No veo por qué criticas a la juventud y aseguras que, de seguir así, ninguna joven llegará a ser “alguien”. ¿Me podrías decir “Quién” eres tú? Muéstrame alguno de tus éxitos.
Eso se lo dijo a una tía de esas medio mal genio que siempre están quejándose. Sin duda, María Isabel tenía razón pero, ¿era necesario ser tan dura? De más está decir que allí, acabó la discusión. Otro triunfo y otra persona “aplastada”.
Y cuando una amiga le preguntó:
- ¿Qué te parece Jorge? ¿Me quiere?
- Jorge se ríe de ti.
¿Por qué lo dijo? Porque así lo pensaba y, ¡porque así era! ¿Razones? Las más lógicas. ¿Pruebas? Evidentes. Pero hay un detalle: no todas las personas tienen la misma fortaleza para enfrentar los hechos. No todos tienen la “mente de computadora” de María Isabel. Las mismas cosas se pueden decir de un modo más suave. No se trata de engañar a la amiga alimentando su ilusión. Pero tampoco es necesario hundirla, quitándole la seguridad en sí misma. Una decepción así logra eso y mucho más.
María Isabel no miente. Es “derecha”, pero agresivamente “derecha”.

¿Y CON LOS HOMBRES?

Este es uno de los aspectos más importantes, ¿verdad? ¿Cómo es María Isabel con los chiquillos? ¡Igual! Y no sólo se impone con las palabras, sino también en los hechos. Cuando empiece a pololear… sí, porque empieza… pero jamás continúa: no dura lo suficiente como para considerarlo así:
- María Isabel, mañana no puedo llevarte al teatro.
- Entonces voy con una amiga (siempre deja bien en claro su independencia).
- No podremos ir a la fiesta de Julia.
- No podrás ir tú, porque yo voy, ¡de todas maneras!
Y tampoco es muy dulce cuando se trata de “pinchar”. Le gusta un chiquillo y ella a él también. La declaración se espera de un momento a otro:
- Me gusta tu pelo, pero no te lo cortes nunca.
- Claro que me lo voy a cortar. Así me molesta.
- Es que yo no quiero que te lo cortes.
- Da la casualidad que el pelo es mío.
Por supuesto, la esperada declaración no se produce y … esto sí que es grave, ¿no es cierto?
Aquí es donde la lógica falla. El amor hay que enfrentarlo de un modo diferente… muy especial… único. A un hombre no le gusta ser dominado. Bueno, a María Isabel tampoco, así que están igual. No, no están igual: en él se rebela su naturaleza; en ella, su orgullo… tal vez, su miedo. ¿Miedo? Sí, miedo a ver caer la imagen que ella ha creado de sí misma, miedo a sufrir cuando se derrumbe ese muro de insensibilidad aparente que la protege. Profundo error el de María Isabel. Es cierto que mientras se oculta detrás de esa fortaleza no podrán hacerla sufrir, pero tampoco podrán hacerla feliz.
Mientras tanto espera sola. ¿Qué? ¿Qué se puede esperar si no se da nada? Sí, porque para recibir algo también hay que dar, más bien dicho, arriesgarse a dar, sin la seguridad de recibir ese algo a cambio. ¿Muy complicado? En absoluto; sólo hay que pensar un poco.
Volviendo al caso de María Isabel, ella se niega dar eso que toda mujer lleva dentro: ternura y, mientras lo guarda para sí no podrá ser feliz porque no podrá realizarse como mujer.
¿Por qué insiste en su posición? Tal vez porque no se ha enamorado. Cuando eso suceda necesitará que alguien piense y sienta con ella. Ya no sentirá que la independencia es indispensable para conservar “la dignidad”. Amar es, en cierto modo, ser para otra persona, lo que esa persona quiere que sea. Y eso no es humillante ni indigno; es uno de los más maravillosos sentimientos humanos, y, por supuesto, el único que conduce a la felicidad.

AÑO IV - Revista Ritmo N°198, pp. 46-47
17 de Junio, 1969

1 comentario:

  1. Cómo ser una "buena mujer" en los '60, aunque con coletazos hasta hoy.

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