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miércoles, 4 de abril de 2012

Los aplausos que venían desde lejos


Los aplausos que venían desde lejos anunciaban su llegada. El calor de la ciudad se empecinó. Corrieron periodistas buscando la primicia, con cámaras incómodas, llenando de cables el suelo pisoteado por la masa que repletamos el lugar. Un improvisado escenario albergó palabras políticas de líderes de movimientos; algunos cantos que decían quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón; y a una familia que jamás imaginó ese momento, pidiendo respeto y no politizar la despedida de su Daniel Zamudio Vera.

En el Cementerio General fuimos miles los/as que asistimos al entierro de Daniel, quien agonizó casi un mes tras la tortura que sufrió por una pandilla neonazi. Daniel era hombre, joven, pobre y homosexual. Vivía en San Bernardo, en un pasaje donde apenas pasa el carro de bomberos, donde se pierde la ciudad. En ese pasaje le velaron los y las vecinas, amononaron el lugar sacando sillas de sus casas, poniendo flores, preparando jugo para las visitas.

A medida que ingresaba el auto con el ataúd de Daniel, todo se subyugó al ensordecedor “Daniel, amigo, el pueblo está contigo”. Vieja consigna de la nunca acabada injusticia. Las banderas estaban agónicas por la falta de aire, pero coloreaban el cemento del camposanto.

En Chile hay tortura.

Mujeres son torturadas y asesinadas por razones de género. Se llama femicidio. Al menos en un quinto de los femicidios las mujeres fueron masacradas, desfiguradas, con alevosía, con dolo, con odio. Con moral, la que encarrila, la que designa con sangre la verdad y limpieza.

El asesinato de Daniel es el de un homosexual pobre, la de un gay de pasajes. No debe pasar desapercibido: homosexual + pobre. Y los pobres tienen la justicia del pueblo: de la marcha mientras arriba quema el sol, la del Daniel amigo el pueblo está contigo, la del show televisivo en los matinales; la de decenas de años siendo marginados, expulsados, explotados. Daniel fue enterrado en un nicho al fondo del Cementerio, cuando ya no hay más donde caminar, donde se capea el sol con malla kiwi, tan alejado de los mausoleos de presidentes, de notables, de burgueses.

Marchamos heteros, lesbianas, homosexuales, dirigentes de derechos humanos, académicos/as, vecinos/as, jóvenes, adultos, locas, queer, putos, putas, heladeros, gente fashion y gente cuma, los in y los out. Fue una marcha silenciosa y acalorada, tan larga como los cientos de danieles zamudios que han existido. Los tacos de las locas se llenaron de polvo, igual que los zapatos Zara del que andaba más enflautado. Personas en bicicleta, abuelos/as del brazo, adolescentes de pelo en la cara, periodistas sin descanso.

En Chile desde todos lados “lamentaron el hecho”, como dice la prensa. En verdad, me alegré de no ver curas, ni monjas, ni gente de la política institucional. Despedí, sin conocerlo, a una persona que, sin buscarlo, remecerá necesariamente nuestros límites como sociedad. Al parecer es consenso que no hay espacio para torturar un cuerpo, sin apellidos (pienso en: gay, comunista, delincuente, pobre). Las actuales generaciones que convivimos en Chile tenemos experiencias diversas sobre la tortura y violencia sobre los cuerpos y, tras décadas de historias, ya no parece algo normal ni aceptable. Se denuncia, se repulsa. El Estado chileno queda en vergüenza frente al mundo, pero principalmente frente a su pueblo.

Sin embargo, la lucha en Chile es ardua. Luchamos desde quienes se apropian de todo, hasta quienes no tenemos más poder que un twitter y la esperanza del Kino una vez a la semana. Pregúntenle a las nanas, a mapuches, a presos/as, a papás sin derecho a visita. O pueden leer a Teresa Marinovic.

No me digan que el aborto o interrupción del embarazo es algo valórico; no lo es más que la reforma tributaria o de educación. Es como decir es humano: todo lo es en sociedad.

No me digan que legislar sobre la discriminación es un avance: es una vergüenza. Es la premodernidad, es el medioevo con Redcompra.

No me hablen de democracia si el debate es sobre la idea de debatir el aborto o interrupción del embarazo, para que luego el Padre Presidente diga que, sin importar lo que se resuelva, vetará la discusión.

No me digan que hablar de femicidio, de aborto, de embarazos, de posnatal, es un tema de mujeres. Menos que es valórico. Decir lo último es caer en la trampa católica de la Santísima Concepción: todo lo que sea del ombligo para abajo es valórico.

Lo ocurrido con Daniel Zamudio no debiera entenderse como algo aislado ni como un acto exclusivo contra los/as homosexuales desde un exaltado grupo radical conservador. Lo sucedido es la tortura y asesinato de un miembro de la sociedad que no cumplió mandatos de género y de clase coherentes. Esto ocurre todos los días. Lo de Daniel es el absurdo de lo cotidiano, la vulgarización de una práctica camuflada en nuestras palabras, bromas, publicidad, incluso en campañas gubernamentales sosteniendo que maricones son los que golpean a determinados grupos.

Cuando ya nos íbamos del Cementerio, recorriendo los pasos hacia Av. Recoleta, comiendo un helado de $200, una señora de edad algo cansada pero satisfecha, me dijo que el asesinato de Daniel es responsabilidad de todos/as. Lo primero que pensé: fuerte es la asimilación del lenguaje periodístico. Pero luego de unos minutos, comprendí lo básico que la sociología enseña en sus primeras lecciones: el sentido común, esa voz en almacenes y paseos por la calle, dice las verdades silenciosas que cimentan nuestras relaciones, resumidas en palabras que escuchamos en todos lados, en cada muro, en muchas canciones. Y la señora me recordó que la comunidad ha fallado, que la polis no existe, que no sabemos de diversidad, que nos tiene aniquilados/as el sentido de la propiedad.

No hay palabra más silenciosa que la del sentido común, y no hay otro lugar en donde escuchar más fuerte el estruendo de la vida social.

El asesinato de Daniel marcó un precedente en la lucha por los derechos básicos en democracia que afectan las relaciones interpersonales (matrimonio homosexual, interrupción del embarazo, no discriminación) y que han sido bandera de muchas batallas en Chile, de diversos grupos.

Vendrán los discursos, mejor que vengan libertades. Vendrán los gestos, mejor que vengan las acciones. Vendrán las promesas, mejor que vengan resoluciones. Vendrán más torturas y discriminaciones, y ahí mejor que sea el sentido común quien aplaste esa violencia; entonces, la ley o reforma que sea, será solo un dato de la causa. Nuestra mejor arma es que sea anormal lo sucedido con Daniel, siendo él un símbolo de discriminados/as, abusados/as y explotados/as. Nunca un mártir.

Juan Manuel Cabrera U.
Núcleo de Investigación en Género y Sociedad Julieta Kirkwood

miércoles, 28 de marzo de 2012

Lo que se le negó en vida a Daniel Zamudio



La muerte de Daniel Zamudio ha levantado un fuerte debate sobre la ley antidiscriminación, como una respuesta necesaria frente a lo que en sentido estricto fue un crimen de odio. ¿Por qué se persigue la aprobación de esta norma? Quizás la percepción de que existen ciudadanías de segunda categoría se transforma ahora en una exigencia para que el Estado asuma su deuda y proteja a los grupos vulnerados.

La ley antidiscriminación, otrora una ley marco, tenía como objetivo original, en 2005, adecuar toda la institucionalidad al principio de no discriminación, como una garantía explícita y efectiva de igualdad ante la ley de todos los/as ciudadanos/as.

Fue una iniciativa nacida desde la sociedad civil, logrando articular a una gran cantidad de organizaciones y grupos discriminados, incluyendo pueblos indígenas, mujeres, jóvenes, migrantes, personas con enfermedades, con discapacidad y, por cierto, a las sexualidades diferentes. En el mensaje del presidente Ricardo Lagos se reconocía que por lo menos el 75% de los chilenos había vivido algún tipo de discriminación en su vida, de acuerdo a las categorías mencionadas dentro del proyecto.

Sin embargo, la evolución del texto en el Parlamento hizo que su debate se centrara especialmente en la diversidad sexual, a través de los conceptos "orientación sexual" e "identidad de género", que despertaron rechazo entre los grupos conservadores presentes dentro y fuera del poder legislativo.

El espíritu de la ley descansaba en dos supuestos, 1) que es obligación del Estado prevenir la discriminación a través de políticas afirmativas, y 2) que los grupos discriminados debían ser nombrados explícitamente por aquella condición en base a la cual sufren un menoscabo en sus derechos.

Un tercer elemento -que a la larga terminó primando como el único efecto de la ley-, fue un recurso de no discriminación, para que cualquier persona que considerase atropelladas sus garantías pudiera acudir a la justicia y solicitar amparo.

Al llegar 2011, lo que había sobrevivido del proyecto original entró en un punto crítico en el Senado, luego de varios intentos -especialmente de la UDI- por eliminar del articulado toda mención explícita a los grupos protegidos.

En el fondo de este rechazo se mezclaron tanto razones económicas como valóricas, porque para ellos el proyecto abría un flanco dentro del carácter liberal-conservador de la Constitución. Por ejemplo, muchas de las situaciones de discriminación ocurren en el ámbito laboral, por lo que, para la derecha gremialista, la no discriminación debe ser compatible y no imponerse sobre la "libertad de trabajo", que permite al empleador despedir por "necesidades de la empresa".

Lo mismo ocurría con la educación, donde la "libertad de enseñanza" no podía ser socavada por el principio de no discriminación, que por ejemplo permite en los hechos la "selección" de estudiantes en los establecimientos públicos.

En la salud, la protección del "estado de salud" se transformaba en una amenaza para las isapres, que rechazan o encarecen sus costos para los afiliados que tienen "enfermedades preexistentes", o para las mujeres en edad fértil.

En otras palabras, la actitud de la UDI, que siempre se confrontó al ala liberal de Renovación Nacional en estos temas, no era sólo la disimulada homo/lesbo/transfobia de algunos de sus legisladores, sino que estaba defendiendo en última instancia la naturaleza "subsidiaria" y por lo tanto no interventora del Estado neoliberal.

Aun así, la permanente omisión de la diversidad sexual dentro del articulado, especialmente en la negativa al reconocimiento de la existencia de identidades sexuales colectivas diferentes a la heterosexual, obedeció ciertamente a la defensa ideológica de una "normalidad" social basada en la familia heterosexual, en el matrimonio entre hombre y mujer y en la defensa de la procreación como un bien en sí mismo.

Bajo está óptica, los sectores conservadores de la DC, de RN y de la UDI, escucharon y transformaron en indicaciones todo el contenido del lobby religioso católico y evangélico, que declaró una y otra vez que la sola mención de "orientación sexual", "identidad de género", y "género", traerían como consecuencias casi inmediatas modificaciones sobre el matrimonio civil para hacerlo "igualitario", sobre la filiación para permitir la adopción por parejas o personas no heterosexuales, sobre la educación al impulsar clases de educación sexual que incluyeran la diversidad, y por último, que a las iglesias les sería arrebatada la libertad de expresión para poder predicar o enseñar sus creencias sobre sexualidad humana.

El gobierno de Sebastián Piñera se colocó solo en una encrucijada al jugársela por incluir a una pareja gay en un spot de campaña. Porque ni la ley antidiscriminación, ni el Acuerdo de Vida en Pareja, ni la iniciativa sobre crímenes de odio, han generado nunca consenso en la Alianza, ni siquiera al interior de Renovación Nacional, donde los tres proyectos tienen más simpatizantes.

La deriva parlamentaria de cualquiera de esas leyes depende para su aprobación de los votos de la oposición... que, a su vez, cuando fue gobierno no se atrevió a avanzar por temor a los sectores conservadores, estancándose así el debate durante 20 años.

Cuando el ministro Hinzpeter y el propio Presidente condenan públicamente la agresión a Daniel Zamudio e impulsan con urgencia la ley antidiscriminación, en última instancia están dando un testimonio personal que se enfrenta al permanente sabotaje de su propio sector, el cual fríamente considera que "no es necesario" legislar sobre la discriminación, como dijera el senador RN Baldo Prokurica basado en un informe de la Corte Suprema.

La ley hoy se encuentra en su tercer trámite constitucional, debido a los grandes cambios entre la versión que salió de la Cámara de Diputados y el texto votado por el Senado. En su estado actual el proyecto es una declaración que distorsiona la noción misma de discriminación, al reemplazarla por "discriminación arbitraria", cuya finalidad es posibilitar la invocación de razones -especialmente- religiosas o económicas que justifiquen los actos discriminatorios y los hagan "legítimos".

En paralelo, la senadora Lily Pérez presentó un proyecto para sancionar los "crímenes de odio", iniciativa que aparece como lo más cercano a un tipo penal para el crimen de Daniel Zamudio. Se trata de un proyecto punitivo que sanciona los hechos de violencia, pero también los abusos de la libertad de expresión, cuando ésta es usada en contra de los límites que le fijan los derechos humanos, esto es la apología a la guerra y la incitación al odio contra personas o grupos humanos.

Ninguna ley contra la discriminación habría podido evitar la agresión de una pandilla callejera a Daniel Zamudio o a cualquier otra persona. Sin embargo, el enojo y la ira expresada en estos días en las redes sociales en contra de los parlamentarios y políticos que se oponen a la ley antidiscriminación, es porque Daniel Zamudio era para ellos un ciudadano de segunda categoría. Su sola condición le significaba -sin ataque de por medio- no ser tratado con igualdad.

En definitiva, aquella diferencia por la que Daniel fue golpeado brutalmente y murió, su orientación sexual homosexual, no ha sido ni es aún reconocida explícitamente como una estatuto legítimo por el cual nadie puede ser menoscabado ni sufrir un trato desigual ante la ley.

Eso fue lo que se le negó en vida a Daniel Zamudio. El Estado está en deuda.